Un poema y el mito de la soledad
Nuestro demente urbano Federico “James” Tarantola nos hizo llegar este excelente texto. Se los recomiendo ampliamente, a mi criterio de lo mejor que hemos publicado.
Fede, agradecemos tu talento y tu sensibilidad para contar una buena historia.
“Cómo llegué hasta acá?” se preguntó mirándose las manos, mirando a su lado en la cama. “Qué mierda es lo que me pasó?…”
Se puso de pie, se miró el pijama y se tanteó el rostro.
Volvió sus ojos a la cama, y ella estaba allí, dormida. No era su mujer, siquiera su modelo personal de mujer. No era nadie, salvo aquella inmensa obesa que había conocido en uno de los bares del Centro de Tammerlane.
Lo primero que recordó fue una discusión con la que sí recordaba como su mujer.
- Nunca más voy a poder conocer a nadie! Todo por tu puta culpa. Porque me mataste! Me mataste! Y eso no te lo voy a perdonar jamás!!
Estaban comunicados por un tubo, un teléfono y un cable. Pero parecían no poder comunicarse.
– No me podés seguir llamando e insistiendo con ese cuento que jamás me vas a perdonar. Sos demasiado infantil! – respondió ella, desde el locutorio, la tarde en que le devolvía un llamado a su casa.
- Infantil?! Infantil, yo?! – gritó el joven, desaforado. – Me cagaste la vida! Me hiciste cornudo! Voy a pasarme la vida solo, tratando de entender por qué pasó?! Por qué?!
– Esas cosas pasan. Pasan y uno nunca las entiende.
El que nunca podía entender, y ni siquiera iba a concebirlo era aquel pobre muchacho, que de la noche a la mañana se había encontrado con la sorpresa que su chica de cinco años de relación, se haya ido a convivir con un nuevo tipo.
– Ya sé estas cosas pasan! Pasan cosas putas como vos!! – gritó, y continuó. – Pero, dejémoslo como está! Lo entiendo perfectamente: me tengo que callar la boca, simular no haber sido nadie, y seguir mi camino hasta donde aguante mi cabeza. No te voy a llamar más, no hay respuestas que me calmen, que me puedan hacer volver a creer… Y por favor… – una pausa – … no le hagas caso al poema que te acabo de mandar por correo.
– Qué poema?
– Un poema que habla de mi soledad… – y sonrió. – Metételo bien en el fondo del culo.
Tocó timbre con cierta impaciencia. A la distancia, venía su chica, cabalgando un corcel negro, empuñando una guadaña que pronto lo cortaría en rodajas.
El genial Otto al fin abrió la puerta, y se encontró con uno de sus tantos clientes favoritos.
– Te queda marihuana y cocaína? – preguntó el muchacho, arrebatadamente.
Horas después, se encontraba en el comedor de su apartamento alquilado, llevándose las paredes por delante, bajo el potente efecto de lo que sea.
Fue entonces que salió al balcón, y se enfrentó a las once de la noche.
En su interior, las idas y vueltas de sus pensamientos eran constantes. Le era difícil comprender cómo se producía el paso del amor a la nada, y de la nada a no ser nadie.
La soledad, la maldita soledad, gritaba a los cuatro vientos por un alma que se apiade, una bella y hermosa alma que llegue de repente, y le haga encontrar un nuevo sentido al amor, a la vida, un arma letal para el vacío de sus huesos.
Y se detuvo.
– Matarme?… No! Para qué?… Todavía tengo cosas que descubrir… Como por ejemplo, la morocha del piso de abajo.
Estaba hablando a un lado, exactamente a una amigable maceta se prestaba a escucharlo.
– Pero, cómo puedo hacer para seducirla esta noche, y que me entienda rápido toda una vida, me salve del pasado, y me empuje al futuro?…
Obviamente, en sus palabras se traducía el nivel de ansiedad con la cual no se hacía responsable de los problemas reales y las enseñanzas.
- No, no, no. Enseñanzas, no. Tuve muchos duelos, pero como este, ninguno… Así que por eso, voy a vengarme de ella, y VOY a dejarla por la chica del piso de abajo.
Repentinamente, arrancó las plantas de la maceta, se desnudó por completo, y se lanzó a trepar por el caño de descarga de lluvia, con el “ramo” entre los dientes.
Cuando alcanzó el piso de abajo, saltó al balcón de su chica.
- Ta-dáaa! – dijo anunciándose como una estrella, con los brazos abiertos, de rodillas, en el medio de la sala.
Los presentes se quedaron paralizados.
Resultó que allí mismo estaba la chica, cenando con sus padres, ambos policías de Tammerlane.
Enseguida, alzaron sus armas y apuntaron al intruso.
- Quién mierda sos?! – preguntó la madre a los gritos, a punto de gatillarle la cabeza.
- Un… un… un alma… el alma gemela de su hija… – respondió el muchacho con una sonrisa tímida.
Estaba bebiendo la cuarta botella de cerveza en aquel maldito bar, cuando volvió a cruzarse una mirada con la obesa. Enseguida llamó al mozo.
- Ve esa vaquillona disfrazada de mujer que está sentada en la barra?… Dígale que le invito una cerveza. Si acepta, hay una propina adicional.
El hombre no tenía nada por perder. Estaba solo hacía mucho tiempo, y la masturbación le había traído serios problemas.
Viene a cuento que después del incidente en el apartamento vecino, tuvo que mudarse a otra pensión. Durante su estadía, se había limitado a trabajar, dormir y comer. Todo eso, hasta la noche del descubrimiento.
- Qué es esto? – se preguntó tanteándose el pene, despertando en el medio de la noche, tras encender el velador.
- Leche. Tenés que hacerte la paja, o te va a seguir saliendo sola. – le respondió el anciano linyera, su compañero ocasional de cuarto, el cual lo miraba atento sentado desde la otra cama.
- Qué hace despierto?! A usted nadie le preguntó un carajo?! Vuélvase a dormir y no me joda!!
- Masturbarse es sano, natural, hace circular la sangre, activa las neuronas y mantiene los músculos en forma. Y no sólo eso, sino uno se vuelve más dulce con las mujeres.
- A mí me importan un carajo las mujeres! Hace dos años perdí a la última, y no me interesa saber más nada de ellas.
- No diga eso, hombre!! – se quejó el viejo, poniéndose de pie, encendiendo un cigarrillo. – Que se me va a hacer puto! – y se estiró para tomar una revista del suelo. Se la lanzó a la cama. – Lea! Lea lo que dice en la página 48 con respecto a la paja. Y de lo bueno que es comerse una vulvita.
El hombre buscó la página intrigado, leyó y se encontró con espectaculares casos acerca del fantástico mundo de la masturbación.
- ¡Ya veo! Pero no habla de mujeres ni nada. Solamente “tocarse, tocarse y tocarse”. ¿Y de qué sirve tocarse, si a uno lo hace sentir más solo de lo que se está? – respondió.
- No me hable de la soledad!! – se entrometió el anciano, y tomó asiento en el borde de la cama de su compañero. – Eso de la soledad es un mito para casar a todo el mundo. Y con casar, me refiero a “casar” y “cazar”. Lo que la gente necesita es hacer el amor, no la guerra. Lo que la gente necesita es tocarse, acostarse, tener sexo. Y si no se empieza desde abajo…
Y le clavó la mirada a la entrepierna, la cual calzaba aquellos calzones sucios, eyaculados.
- Le juego veinte pesos a que si se hace la paja acá mismo, cuando acabe se va a sentir mejor. – y sonrió mostrando sus encías moradas.
La apuesta era interesante. Y la dio por ganada. Los billetes del anciano ofrecían dos días de pensión, o mejor dicho, seis botellas de cerveza en un bar.
- Trato hecho.
Enseguida se estrecharon las manos, y el pobre tipo se bajó los calzones, para comenzar a menearse el pene.
- No se me para…
- Piense en algo. Cierre los ojos y piense en la mujer más hermosa del mundo. Hágame caso!
Los párpados del hombre trajeron oscuridad, y en ella un destello de luz. Al final del túnel, una noche, un recuerdo.
Y allí estaban, ella y él, haciéndolo como nunca, en el centro del comedor de aquel viejo apartamento, rodeados de velas de colores. Las manos se movían veloces, perdidas, tontas. Se cruzaban mientras uno acariciaba al otro. Los labios estallaban en besos. Y en el centro, la magia de la unión, la magia del amor, del sexo, del sexo con amor. El sudor, aquel rostro, sus labios, sus pechos, su vientre, su vagina. El hombre volviendo al pasado como muchacho, gozando, sintiéndose el Rey de Tammerlane, del Universo, junto a la persona más bella, la más perfecta, a la única que había podido amar.
Fuera, el hombre con los ojos cerrados, sacudiéndola desesperado, perdido, desfigurado, muerto en vida.
Y cerca, muy cerca, el hediento anciano, acercándose lentamente, sin ningún billete de veinte con qué pagar, pero sí listo para participar vía oral del engaño que había creado.
Repentinamente, la puerta del cuarto de la pensión se abrió y por ella surgió la dueña del lugar, intrigada por los misteriosos gemidos.
- Pero qué carajo…?!!
- No es lo que parece. – le dijo a la obesa, y le sirvió un vaso de la nueva cerveza. – No estoy para casarme, pero quiero charlar con alguien.
La mujer, de unos 38 años, de unos 140 kilos, pelos largos negros hasta la cintura, con camisa y pantalones de jean bien ajustados, los labios pintarrajeados de rojo, y un par de minúsculos lentes, había aceptado sentarse con él, en un principio para saber qué pretendía.
- Te sentís solo? Es por eso?
– La soledad no existe. Existe en la cabeza. Eso me lo enseñó un viejo hijo de puta por el que me echaron de la pensión donde estaba viviendo.
– Pero, si querés hablar conmigo, es porque notás mi soledad.
– Podemos hacer que esa imagen desaparezca, salir a caminar, ir a tu casa a charlar…
– A mi casa?! Y por qué no a la tuya?
– Porque no tengo. Es más: en el último lugar donde estuve me tienen retenido el bolso si es que no pago lo que debo.
– Aaah! Ya veo! No solamente querés atraparme, sino tener un lugar donde dormir.
El hombre estaba cercado. No tuvo más palabras. La gorda realmente era un hueso difícil de roer.
– Pero está bien: vayamos a casa. Hace mucho que nadie me invita una cerveza, y el gesto vale la pena.
Salieron a la calle, y ante el primer callejón se lanzaron a besarse como desesperados, como dos seres que nunca habían probado la carne humana, como dos pobres almas que jamás habían tenido nada, salvo rostros borrosos perdidos en el pasado.
Finalmente llegaron a la casa, y se tiraron a la cama.
A medida que él la desnudaba, los vidrios de las ventanas y espejos fueron empañándose del sudor que la gorda emanaba. Pero no importaba: era carne, carne al fin.
Y envueltos en mareos del alcohol, las llamas de la piel y el mito de la soledad, ambos seres se fundieron en una cabalgata que pareció durar una eternidad.
Más tarde se durmieron.
“Cómo llegué hasta acá?” se preguntó el hombre al despertar, mirándose las manos arrugadas, mirando a su lado en la cama. “Qué mierda es lo que me pasó?…”
Se puso de pie, se miró el pijama y se tanteó el rostro avejentado.
Volvió sus ojos a la cama, y ella estaba allí, aún dormida. No era su mujer, siquiera su modelo personal de mujer. No era nadie, salvo aquella obesa que había conocido en el bar del Centro de Tammerlane.
Corrió hasta el espejo y se descubrió un anciano.
Ya no era un joven, un muchacho, un hombre: era un maldito viejo, un ser que se había olvidado de su vida, su pasado. Era un pobre tipo que había sido vencido por el juego de la soledad, el estancamiento y el no volver a empezar.
Regresó a la cama con el mayor de los temores, se paró junto a ella, y la volteó lentamente para no despertarla.
La gorda también se había convertido en una maldita vieja.
Cómo, cuándo, dónde?
Pero las respuestas de aquel presente estancado, habían mutado en un futuro irremediable.
Se metió entre las sábanas, y pensó en su soledad vendida a quien sea. Mejor dicho, pensó en su soledad disfrazada. La obesa no tenía la culpa de nada, ni siquiera de ser tan fea y gorda, sino él. Todo por los jueguitos amorosos, los llantos, su ex, y aquel poema perdido en un buzón de correo que retrataba el destino a seguir, algo así como una anotación dispuesta en versos que amenazaba con lanzarse al vacío, al relajo y al conformismo en lo que restara de vida.
Trató de comprenderlo, pero no pudo.
Por un instante, se le cruzó la idea de matarla. Pero… eso lo habría evaluado en cada despertar, en cada darse cuenta, en cada recordar el día a día del cual nunca hizo nada por cambiarlo.
Y allí la dejó, en paz.
Y hablando de ella, la noche estaba fresca, y el pijama, las frazadas y las sábanas no ofrecían el calor suficiente para su deteriorado cuerpo. Fue así que la abrazó, y aprovechó otra de las tantas cosas con las que la soledad se conformaba: el calor del cuerpo de su gorda.
Entonces el viejo se durmió como siempre, una noche más, como tantas otras, intentando en sueños poner orden a la nada. Y a medida que continuó despertando, no le quedó otra más que morir otro poco más.
FIN
Federico Tarantola
Si querés visitar la web del autor pasa por www.federicotarantola.com.ar
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