La primera vez de Susie Blue
Nuevamente nuestro demente urbano Federico “James” Tarantola nos acerca una de sus geniales historias. Les aseguro que vale la pena tomarse un rato y leerla.
Una vez más, los televisores de todo Tammerlane se encendieron y la función fue servida en bandeja para todo aquel público deseoso de problemas, peleas, circo y muerte.
Y los ojos se clavaron pues, en el nuevo escándalo que proyectaba lo “barrial” desde aquella pantalla inalcanzable, que hacía todo tan lejano como ajeno.
- Susie Blue, es una Santa? – preguntó el afamado conductor del programa con tinte amarillista.
- Lo es! Porque ella murió por todas nosotras! – gritó la panelista, rodeada de otras panelistas, todas ellas con esa estética de abandono. – Ella es un ejemplo de lo que un hombre es capaz de hacer. Ahí, a orillas del Lago Tammerlane, el impío reconoció haber pecado! – oró.
El conductor giró sobre sí mismo, y miró a su amigo de años, cierto personaje de la farándula que participaba en casi todos los shows desgraciados, llevando la contra a todo.
- Qué tenés para decirme, Jacobo? Martirizar a esta chica, es lo mismo que convertirla en Santa?
El hombre se puso de pie, y acalorado despachó la función. Si todo marchaba bien con el rating, a fin de mes la televisora le daría un aumento.
- Pero, escuchame! Estas no saben nada de la vida! Son un grupo de vírgenes que no les da bola nadie! Mirá la forma miserable en que se visten!!
- Eso es una ofensa, señor! En qué se basa para decir que nuestra vestimenta es miserable?!
- No sé! Quizás no sea la ropa, sino ustedes con esas gorduras, granos, anteojos, teñidos baratos y palidez. Y vienen a cubrirse con lo de esta chica para darle un sentido a la virginidad de cada una de ustedes!
En cierto modo así lo era: aquel grupo de mujeres había encontrado una respuesta. Qué mejor razón que aferrarse a lo fantástico, religioso y sobrenatural? Fue por eso que Susie Blue, la simple jovencita Pueblerina, pasó de tener una muerte sobrenatural a ganarse adeptos religiosos, consumidores de espectáculos, y un circo, por ende, sobrenatural.
Estaban camino a la casa de Celia Bisnutto, la abuela de Beto.
El paso de ambos era veloz, aunque si uno miraba con detenimiento, podría descubrir que el muchacho era el acelerado, mientras que de alguna forma la arrastraba a ella.
Por fin, Susie se había decidido. Justamente fue diez minutos antes…
- O sea que… me vas a tratar bien? – preguntó la adolescente, tomando asiento, con su helado en mano, en el banco de la vereda de la heladería. Los rayos del sol se reflejaban en su cabellera rubia trenzada en dos.
- Te lo prometo, Susie. Sería incapaz de lastimarte. Porque te amo, y porque te amo es que te quiero hacer el amor.
Una vez más, Beto, de 19 años, había abordado a su novia de 16.
- Entonces acepto. – concluyó la inocente muchacha, atrapada bajo las garras del joven, sin siquiera darse por enterada que estaba siendo víctima de cierto fetiche.
El fetiche de Beto consistía en desvirgar a las chicas de Tammerlane, la mayor cantidad posible, y de alguna forma posarse victorioso ante la pandilla de amigos y relamerse en anécdotas. Pero el hecho cruzaba algunas barreras: a través del acto de desvirgue, el muchacho jamás sería olvidado por ninguna de ellas, por el resto de su vida.
- Quiero que sea ahora. – dijo Beto.
- No dije “ahora”. Pero quiero que lo hagamos. – contraatacó Susie.
- Hagámoslo ahora! Es el momento ideal! – festejó Beto – Mi abuela no está en casa. Salió con a una vieja a buscar un perro a lo de unos parientes. – y se puso de pie. Le extendió la mano. – Vamos.
Susie lo miró con temor. Todavía no estaba preparada. Sabía que lo quería hacer, pero le faltaban agallas.
- Es muy rápido para…
- Nada de rápido! Estuviste tres meses para decidirlo. – dijo en referencia secreta a los tres meses de trabajo que él se había tomado para inventar amor. – Sino, voy a empezar a creer que esto no es amor. – y con esto jugó la última carta, tal como un zorro llevando adelante su poesía mentirosa.
Y la convenció.
Al instante, salieron con cierto paso veloz.
- Que haya tomado las dimensiones que tomó, y la forma como acabó destrozada, no significa que Dios estuvo ahí! – replicó Jacobo, luchando por su sueldo, gritando al grupo de fanáticas religiosas. – Si vamos a andar santificando a todos, entonces creo que la muerte del querido Alberto Oggs también lo hizo Santo.
- El actor al que usted se refiere, tomaba droga! Susie Blue nunca tomó droga! Era pura, era virgen, y es Santa.
- Sí, pero bien que murió pecando por delantera! – y rió a carcajadas con el panel de extras y reidores.
La líder de las adoradoras de Susie dio un paso adelante. Su rostro desfigurado en seriedad logró un silencio mortal.
- Jacobo Wingrod! Sí vuelve a hablar así de nuestra figura y ejemplo, vamos a tener que tomar medidas extremas, como para que se entienda que somos un Grupo en Contra de Todos los Hombres.
Un poco de silencio.
El conductor se encontraba alejado, dejando libre el espacio para la pelea verbal, y que ésta rinda desde todos los ángulos de cámara, generando el circo diario.
- Esto estaba planeado?
- Qué cosa?
- Esto, Abigail!! Que amenace a Jacobo.
- No. Pero es una buena oportunidad como para avivar el fuego.
- Mientras que no sean unas locas en serio… – dijo el conductor, y se adentró al ring, con la antorcha en la lengua, para incendiar los ojos de todos los espectadores deseosos de sangre artificial.
Abrió la puerta de entrada, entraron, la cerró.
Llegaron al comedor.
- Tenemos menos de una hora. – dijo Beto, mirando el reloj. Enseguida comenzó a sacarse la ropa.
- Qué hacés, Beto?! – preguntó Susie, con la vergüenza de una inocente virgen camino al matadero. Y pidió un derecho. – No quiero que sea tan rápido. Que sea… romántico.
- Es verdad… – lo supo casi al delatarse con lo mecánico de sus acciones – Pero es lo que hay. Así que sacate la ropa!
Susie miró a su alrededor. Antes que pudiera adaptarse al lugar, su novio ya estaba completamente desnudo.
- Dale!
Susie tragó saliva.
Se quitó las zapatillas con los pies.
Llevó sus manos a la cintura de su remera, y comenzó a subirla. Los pechos enfundados en un fino corpiño juvenil quedaron a la vista.
Con la mirada clavada en los ojos de su amado, bajó con vergüenza su pantalón. Cuando quedó en bombacha, pidió mentalmente un aliento.
- Sos… hermosa. – dijo Beto, admirando aquel esbelto y suave cuerpo.
En efecto: el cuerpo de Susie era tan esbelto, que estaba pisando el sendero de la obesidad, cosa que le provocaba una piel tan suave como tersa.
La tomó de la mano y la llevó al cuarto. Cayeron arriba de la cama.
Se besaron.
Beto deslizó una mano y llegó a los grandes pechos. Levantó el corpiño y se los devoró con destreza. Susie gimió: era la primera vez que su chico alcanzaba alguna de sus partes, y eso realmente estaba bueno.
Entonces la pasión la devoró, y su instinto se activó. Alcanzó el pene de su novio y lo frotó: parecía una inmensa estaca carnosa.
Beto revolvió su lengua por el pezón, y con la mano libre caminó por el tórax y cintura, para llegar a entrepierna. Allí descubrió que la humedad de la vagina había atravesado la bombacha. Corrió la molesta tela, y alcanzó la carne para amasarla. La creciente humedad lo llevó a meter un dedo dentro de la ansiosa vulva.
Susie gimió, sus ojos se dieron vuelta, se perdió. Sacudió el pene.
Beto le separó las piernas con sus propias piernas, y aterrizó sobre ella. Se lubricó el pene con el flujo que le había quedado en sus dedos, y apuntó.
Susie sonrió.
- Te amo.
Beto no respondió.
El pene se abrió camino entre los labios, y penetró la vagina virgen.
Bombeó por un instante, con los ojos cerrados, y cuando los abrió descubrió a su chica fingiendo placer.
Continuó sin siquiera preguntarle como marchaban las cosas.
- Beto…
Un, dos. Un, dos. Un, dos.
- Beto…
Más y más.
- Beto, me duele…
Beto abrió los ojos y le preguntó molesto:
- Qué pasa ahora?!
– Me duele. – se explicó con temor, vergüenza y cierto dolor extraño, un dolor algo más fuerte que cualquier dolor de virgen en proceso no serlo.
– Es obvio que te va a doler. Y hasta quizás te salga sangre! Te dije que sé mucho del tema, y que no es la muerte de nadie.
– El tema es que tengo… mucha sangre. – y Susie le mostró la palma de su mano abierta, bañada en rojo.
Beto se volvió sorprendido a la vagina de la chica: la sangre había alcanzado las piernas de ambos, incluso manchando en el colchón.
– Mi abuela me mata! Mirá lo que es esto!
Beto retrocedió y se puso de pie. A su alrededor, el cuarto de aquella vieja viuda, lleno de cajoneras antiguas, y retratos del pasado. En la cama matrimonial, Susie y la gran mancha que había teñido el fin de la escena.
– Si hubiese traído una toalla, también hubiese sido al pedo! – gritó el muchacho con bronca. – Ahora se me termina la aventura!
– Qué aventura? Por qué hablás de esa forma? – preguntó ella, al borde de descubrir la farsa. Pero se detuvo en sus derechos. – No te das cuenta que esto es demasiada sangre?!
– Siií! Sí! Me di cuenta enseguida!… – usando todo su sarcasmo. –Tenés razón: nunca vi nada así!
Y Beto se detuvo en un detalle, un detalle extraño entre la vulva, algo que no podía descifrar. En esa visión, se dibujaba un extraño movimiento, justamente en la entrepierna de la chica.
– Qué pasa? Qué hay? – y Susie alzó su cabeza para ver. También encontró ese extraño flameo rojo. – Qué es?
– Eso es… es… – y con la cabeza a centímetros, descubrió que se trataba de un fino chorro de sangre luchando entre labios vaginales y piernas. – Eso es sangre!
Susie abrió las piernas, sorprendida, y enseguida, dio paso a un fuerte chorro que impactó contra la cara del muchacho, y lo lanzó a la pared.
- Socorro!!! – gritó la pobre
Beto se puso de pie, esquivando la furiosa fuente a presión.
- Mi abuela me va a matar! Ahora sí que lo arruinaste del todo!!
Susie no tuvo respuesta para aquello. No estaba a la altura de lamentarse por nada más que el horror de sangrar de esa forma.
- Hay que frenar esta hemorragia! Es por el bien de los dos! No me puedo distraer llamando a una ambulancia, mientras se inunda toda la pieza!
Fue así que apuntó con el tapón del desodorante que había tomado de la cómoda, y lo aplicó con fuerza en el lugar de la pérdida.
- Au!
Retrocedió con tranquilo al ver lo productivo que había sido: la fuga estaba saneada, y la sangre tan sólo había manchado el 60% de la alfombra.
- Me querés decir qué mierda hago? Ahora tendría que llamar a una ambulancia, pero… qué hago con todo este desastre?
- No vas a poder limpiarlo. Bien sabés! – y Susie se puso de pie, con tu tapón en la vagina. – Me estoy dando cuenta la basura que sos! En el único que pensás es en vos! – se encaminó a la salida – Así habrás hecho con todas. Sos el clásico hijo de puta del que las chicas hablamos… Sos esa clase de miserable que se inmortaliza en estúpidas como yo.
Susie se sentía mal, realmente mal, molesta, desesperada. Hacía unos instantes había estado al borde de la muerte, y eso mismo la había despertado por completo para cuando el susto pasara, y de esa forma enfrentar a su chico sin rodeos.
- No es mi culpa… – alcanzó a decir Beto, ahora descubriendo cierto nuevo detalle en Susie.
- Obvio que no es tu culpa! Es la mía! – se sinceró – Me hago cargo de haber jugado el papel de pelotuda para este cuentos de hadas idiota!
Susie estaba en filósofa. De una completa hueca, consiguió en un instante lo que muchos descubren después de una carrera adolescente: el amor no existe.
- Si me prestás el teléfono, llamo a una ambulancia mientras vas limpiando. – ironizó Susie, y alcanzó la manija de la puerta.
- Susie…
- Qué querés?! – dijo ella, volteándose por última vez.
- Tu cara… tus venas…
Beto, aterrado, señaló. Susie no comprendió.
Pero enseguida ambos se pusieron en acuerdo que algo seguía fallando. La chica había comenzado a hincharse lentamente, tan lentamente, que de un momento a otro ya era una gran bola de carne y venas trasluciéndose tras la piel que similar a la de un globo.
Susie no alcanzó a decir “Qué me pasa?!!” que la presión de la sangre gracias al tapón no soportó más, y la hizo estallar.
Susie estalló, y de la explosión surgió una gran ola de sangre, tan grande que sacudió todo el cuarto, devoró a Beto, y atravesó la puerta.
La ola alcanzó el comedor…
Mientras, la Señora Celia regresaba de acompañar a la Señora Sésamo de conseguirle una cachorrita, cuando se disponía a abrir la puerta de su casa. Colocó la llave en la cerradura justo cuando la gran ola saltó a la calle. La vieja fue lanzada por los aires, bañándose en la sangre de Susie, y enseguida fue arrastrada junto a su nieto, calle abajo, al borde de ahogarse en glóbulos.
Minutos después, la ola se perdió al chocar la barricada del Lago Tammerlane, y en su salpicada, se mezcló con sus aguas cristalinas.
Entre las personas que habían sido arrastradas por la ola, Beto se puso de pie, y miró a su alrededor. Allá, a unos metros se encontraba su abuela, desmayada y atendida por un ocasional transeúnte.
- Fue mi culpa… Maté a Susie… con mi vicio… – alcanzó a decir, jugando una cierta carta de mártir, de alguna forma sintiéndose responsable.
Cerca del muchacho, se encontraba la mujer que más tarde sería la encargada de reunir a un grupo de vírgenes, testigo de la confesión al viento.
- Entonces digo, y decimos: a Susie Blue la mató el cobarde y malvado acto, esos tantos que abusan de la sensibilidad de una mujer. Y Dios señaló a Susie, y nos regaló una Santa!! – continuó la mujer en el show televisivo.
- Pero la mató! Si Dios fue el de la sangre, también la asesinó! – ladró Jacobo. Una de dos: están tan locas y se agarran de lo que sea para creer; o por lo extraordinario, terminan adorando a un Dios carnicero.
Todo el estudio clavó la mirada en la líder del grupo, esperando una respuesta. En las casas, todos se frotaron las manos, y amasaron su lengua por el paladar: la guerra iba de mal en peor, y eso era genial.
- A qué religión pertenece, señor Jacobo?
- A ninguna. Creo en Dios, y entiendo que existe desde que bajó hace un tiempo a visitar Tammerlane. Pero no creo que ese Dios obre con sus poderes mágicos para hacer estallar a una pobre chica y que el resto de las vírgenes tengan una Santa.
- A mí me curó el himen! – gritó una de las mujeres del grupo, y enseguida tomó toda la atención. – Fui desvirgada por un pibe que me dejó a los tres días. Uno de esos que quieren probar, divertirse y a otra cosa. – y tomó valor para expresarlo de la mejor manera posible – Y sabe qué? Me froté la estampita de Susie Blue durante tres meses, y la semana pasada mi ginecóloga descubrió que soy virgen de nuevo.
- Eso es una locura! – dijo Jacobo. – El caso de Susie es interesante, pero estas tipas están enfermas… Yo me voy a casa! – y se dispuso a salir del estudio para que el conductor diera paso a la tanda.
- Señor Jacobo! – retomó la líder – He dicho que no queremos barbaridades, y que por favor nos respete!
- Mi hija de ocho años usa la medalla de Susie, y hace unos días se salvó ser violada! – ofreció como testimonio otra de las mujeres.
- Y a mí me hizo decidir no hacerlo con mi novio, para más tarde descubrir que era un mujeriego. – expuso otra.
- A mí me mantendrá virgen hasta el matrimonio. – dijo la última, esperanzada, con la estampita de la chica pegada a su pecho.
- … Y todas somos capaces de matar a quien se meta con Susie o las enseñanzas de Dios.
Todos se paralizaron. La líder había lanzado su sentencia final. En las casas, el público no pudo dejar de apuntar sus almas ante aquel imprevisto.
- Acá pasa algo, Abigail. Estas mujeres están locas en serio!
La productora tomó el brazo del conductor.
- Suerte que soy mujer. – bromeó con cierto temor.
El grupo religioso había clavado su mirada en Jacobo.
Jacobo suspiró, pensó en el circo, se hizo el canchero, y remató:
- Me paso por el culo a Susie BLUE, ustedes y su dios!
Un nuevo y corto silencio.
- Por insistir en que nuestro mensaje se pierda, vamos a tener que afirmarlo haciendo un sacrificio. Por sobre todas las cosas, estamos acá para dar el ejemplo y jamás volver a ser burladas… – la líder castañeó los dedos – Chicas…
Acto seguido, el grupo de fanáticas sacó un revólver de sus respectivos bolsillos, y todas apuntaron a Jacobo.
Gatillaron y lo bañaron en plomo.
Una vez más, los televisores de todo Tammerlane se encendieron y la función fue servida en bandeja a todo el público deseoso de problemas, peleas, circo y muerte.
Y los ojos se clavaron pues, en el nuevo escándalo, siempre desde aquella pantalla inalcanzable, que hacía todo tan lejano como ajeno.
- Jacobo Wingrod fue asesinado en vivo. A pedido del público, la imágenes, ya mismo!… – dijo la conductora de uno de los tantos noticieros.
Fue entonces cuando Susie Blue y su presunto sacrificio fue olvidado por un nuevo escándalo, y quizás todo el milagro que había creado fue opacado para siempre.
Tammerlane, pues, proyectó sus miserias en una nueva página de la desgracia del otro en la vidriera de la televisión.
Y todo siguió siendo como siempre, con la justicia que siempre dormía, con los titulares de siempre, y con las geniales tragedias de cada día.
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