El emperador Jones (Por David Bellini)
Zorra es una película simbólica; la intertextualidad, las referencias plásticas y aun la apelación a íconos tradicionales, representan la manifestación más visible de esta cualidad; pero, su honda raíz estética que casi exige el esfuerzo del exégeta, transcurre por canales subliminales y surrealistas. Trataré de probar estas aseveraciones en esta breve nota; y, para ello, no queda otra alternativa que analizar –aunque rápidamente- el film, lo digo porque interpelar a su autor (es una película de autor) sería prácticamente inútil: como todo surrealista negaría probablemente cualquier intención simbólica en su obra.
Zorra condensa y sintetiza la evolución auténtica de César Jones, que ha experimentado intensamente a lo largo de sus catorce películas. Así como en Temporada Alta los diálogos son complemento intelectual indispensable de las imágenes, en Zorra casi no existe el diálogo, en el sentido social o platónico, sino apenas en un sentido lacaniano: una orden a decir una frase y su obediente respuesta no es un diálogo. Tampoco es diálogo la comunicación verbal -que no espera réplica, sino que más bien la sofoca- del deseo de que el otro practique una conducta perversa . Y estas alocuciones son poquísimas en este film, tanto que perturban; quizás porque dejan esa incómoda sensación (típica en las obras simbólicas), alguna de las cuales podrían adoptar la forma de: “Por qué me perturba si no me habla a mí, ¿o acaso está hablándole a otro dentro de mí?”.
La intertextualidad más clara (y bella y sugerente) está en la máscara de las actrices, que el director quita y pone en circunstancias estudiadas. Además de cumplir con la consigna de resaltar la belleza y propiciar fantasías sexuales de los espectadores, desafía a los más intelectuales a descubrir su intencionalidad. Por supuesto, el recurso está en el teatro americano más importante: especialmente en El gran dios Brown, de Eugene O’Neill (autor, además, de El emperador Jones) donde las máscaras transmiten la clave de los sentimientos y que, de otra manera, no se vislumbraría siquiera .
Las referencias plásticas son un hallazgo inolvidable: y trataré de estar a la altura del director, comentando apenas una de ellas (quizás la más comentada por los espectadores): el culo de la primera Zorra en la cara del hombre es un cuadro vivo de Magritte; y hay que resaltarlo: el director sabe cuánto tiempo exactamente debe estar ese culo en la cara para sobreexcitación del actor y del público.
La película comienza con una caminata por el bosque; y quien haya visto los films de Tarkovski, en esta secuencia experimentarán quizás una honda reminiscencia. Es incorrecto y hasta despreciable apuntar nada que pueda debilitar la sorpresa de un filme, así que con mucho cuidado mencionaré que el inesperado encuentro (en una secuencia circular) con una flor –un lirio blanco, símbolo de la pureza- cierra un mensaje que todavía nos rondará en la cabeza mucho tiempo después de haber visto esta excepcional película de César Jones.
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