César Jones, el director porno que llegó a las salas de arte

 

“Mal o bien, hago cine de autor”

 Su obra experimental se exhibe en una retrospectiva. Enemigo de Víctor Maytland, el decano del triple X local, bromea con filmar a Lopilato, Grandinetti y Oscar Martínez.

 POR DIEGO ROJAS – REVISTA VEINTITRES.  11/XI/2010.

 Es difícil reconocer a César Jones, director de cine porno.  Con ese nombre y esa profesión, lo menos que se espera es que la entrevista se realice al borde de una pileta cristalina, con el director vistiendo una camisa setentista de cuellos puntiaguados, rodeado de chicas voluptuosas y aspirando, cada tanto, unos nariguetazos de cocaína sin discreción. Sin embargo, el encuentro se realiza en Buttman, la distribuidora de sus películas, y –aunque el lugar esté lleno de afiches XXX, DVDs explícitos, consoladores de todo tamaño y otros juguetillos sexuales- cuesta darse cuenta de que el muchacho flaquito, de flequillo inocente y con un aspecto joven a lo Dorian Gray es la nueva promesa de la pornografía argentina.  Una promesa que excede al género hot, ya que durante los sábados de noviembre a las 22, la obra de Jones será exhibida en una retrospectiva en el complejo Arte Cinema, una sala dedicada al cine de calidad. Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la cinefilia local.

¿Qué pensó cuando lo convocaron para esta retrospectiva?

 Hubo cierto grado de sorpresa, pero mitigado.  Por un lado, si me visualiza dentro del género, creo que en el país soy el exponente de una mirada, digamos, autoral.  Mal o bien, es así.  Por otro lado, la reticencia del cine no porno hacia el porno ha menguado y se produjeron gestos de acercamiento, por lo que la retrospectiva no me sorprende tanto.

¿Cómo llegó a la industria del cine porno?

Realicé mi primer película a mediados del 2000.  Tenía 29 años.  Estaba terminando la carrera de cine en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. Con un grupo de compañeros hacíamos unas performances en las que combinábamos imágenes porno en Súper 8, música electrónica y textos grabados.  Los cortos que hacíamos también poseían los códigos del género. Sólo hacía falta un pequeño paso para llegar al porno. Y alguna vez alguien preguntó: “Che, ¿y si hacemos una?”.  Todos dijimos que sí.

¿Un director de cine porno se mueve al ritmo del dinero, el sexo, las drogas y el rocanrol?

No puedo hablar por los demás, pero en lo que a mí respecta, los ingresos son exiguos.  Y nunca usé mis películas para acceder a ciertos placeres o licencias sexuales.  Lo que yo hago no está directamente relacionado con ese desenfreno de sexo, drogas, locuras y demás.  Si eso ocurre u ocurrió en mi vida, no tiene nada que ver con el hecho de dirigir películas.  De hecho, lo bueno de tener una vida sexual tan oscilante como la de cualquier persona es que, a la hora de rodar, las imágenes a mí también me estimulan.

¿Se inspira en su vida sexual para sus guiones?

Todo cuanto volqué en una pantalla surgió inexorablemente de mí. La mayor parte de las veces no de mi experiencia, pero sí de mí: de mis ideas, reflexiones, fantasías en relación al sexo y al cine de sexo.  Se trata de un conjunto de elementos retroalimentados.  Cuando filmo, ahí estoy yo. 

Las películas de Jones se alejan del típico guión en el que un plomero llega a la casa de una chica rubia para, luego, comenzar a revolcarse.  “Temporada alta” propone una historia alternativa en la que la sociedad se ve completamente liberada de sus ataduras y permite el incesto, la prostitución y el libertinaje.  “Euge no duerme” parece una película usual que culmina con algunas intervenciones en clave gay.  Pero su experimento más extremo es “2176.  Clones bisex”, película futurista que muestra los devenires eróticos de tres clones –uno de ellos una travesti- intercambiando fluidos sexuales una vez que la raza humana desapareció.  Está filmada en sepia y con algunos planos del más puro expresionismo; los actores no hablan sino que utilizan un constante balbuceo, lengua del futuro.

 

¿Qué trató de mostrar en “2176. Clones bisex”?

Es una película que coloca al espectador frente a algo ultrabizarro.  La productora nos ofrecía un presupuesto irrisorio por lo escaso.  Nos exigían que la hiciéramos en un día y sin casting previo.  Esos pedidos descabellados nos terminaron de interesar porque veníamos de una experiencia previa en la que habíamos abandonado parcialmente nuestra independencia como grupo realizador con resultados desastrosos.  Cuando nos propusieron semejante desvarío, para nosotros fue como salir a jugar otra vez, y eso hicimos.  Nos ubicamos en los límites del género.  La manera en que está filtrada la imagen, la desestilización de los cuerpos, la deriva narrativa, hacen que aquel engendro estuviera más ligado a un producto de la factoría de Andy  Warhol que a una película porno, salvando las distancias.

¿Cuáles son sus influencias?

En la adolescencia veía mucho cine clase “B” y lo que hoy se llama cine bizarro. Después se expandieron los campos.  Me sobrecoge tanto una película de Lucio Fulci como una de Andrei Tarkovski. Es un abanico muy ecléctico que incluye muchos films que se proyectaban en “Sábados de Súper Acción”, de los que, en varios casos, no podría aventurar sus títulos, ni los nombres de directores y actores, aunque la revisitación posterior me ha proporcionado, con el tiempo, valiosa data en tal sentido.

En cuanto al porno, el período que más me fascina va desde comienzos de los setenta hasta mediados de los ochenta.  También me atrae especialmente el porno japonés, que hoy le lleva mucha delantera a nuestro porno occidental.

¿Había visto cine porno argentino?

Al momento de adentrarme en el género sabía de la existencia de Víctor Maytland, la única persona que filmaba con continuidad en ese entonces.  Por una cuestión de curiosidad alquilé un par de películas suyas.   Y me encontré con algo que estaba realizativa e ideológicamente muy lejos del cine que yo quería proponer.

En el ámbito del porno es conocido su enfrentamiento con Maytland, el decano del cine XXX nacional.  Aunque él lo niegue, el encono remite a una tradición bien argentina: el parricidio artístico.  Los comentarios en la industria del porno dejan entrever que Maytland se parece al estereotipo más popular sobre el director de cine porno y que no posee inquietudes cinematográficas intensas, una preocupación recurrente en Jones, que las expresa en un lenguaje muy preciso.

 

¿Usted expresa la renovación frente al cine de Maytland?

Más que una ruptura, veo una flagrante distancia ideológica.  Son diferentes miradas, en las que la brecha generacional no está ausente.  Siempre manifesté que su obra me provoca disgusto, y creo que lamentablemente Víctor lo toma como una afrenta personal.  Pero no es así de ninguna manera, de hecho apenas si lo conozco.  Y no es tampoco una táctica para posicionarme como un competidor suyo: no considero que compitamos.  El construye su camino y yo el mío.  Lo que me disgusta es ese desamor por la obra que se advierte en su cine.  Se ve la mano de una persona que no ama lo que hace.

¿Le gustaría tener en su elenco a algún actor famoso?

No particularmente, aunque un elenco con Grandinetti, Oscar Martínez y otras personalidades severas de la escena nacional no estaría nada mal (risas), y Lopilato como contrafigura.  Con conductores y conductoras de noticieros también se podrían lograr resultados inimaginables (más risas).

¿Pensó en incursionar en otros géneros?

Nunca descarto la posibilidad.  Pero pienso que el porno tiene de momento demasiadas posibilidades de desarrollo que me mantienen placenteramente atado a él.  A la vez, creo es el refugio ideal para contener mis carencias técnicas y también las emocionales que me impiden trabajar con equipos numerosos, ya que hasta la más pequeña película independiente requiere grupos de trabajo bastante poblados.  Por otro lado, hay un elemento que pesa y que me resulta cautivante: saber que el efecto del film de que se trate ocasiona que la persona, o personas, que lo están mirando, pueden estar masturbándose o teniendo sexo y acabando.  Me gratifica saber que resulto útil en la satisfacción de sus deseos.  Además, si el vouyerismo es un requisito indispensable en el espectador de cine, esta cualidad se realiza plenamente en el cine porno.  Por otro lado, siempre he sentido el sexo como una luz que marca momentos clave en mi vida.   De modo que el porno conjuga todos estos factores y eso hace que me sienta muy a gusto y activo explorando este territorio vasto y en gran medida desconocido, en el que aún queda tanto por construir.