Tony tenía ganas de una noche diferente. A fin de cuentas, siempre terminaba haciendo lo mismo. Encerrado en su casa editando escenas y hablando con MongoStar sobre las proyecciones de Tony Panero Films como empresa y diferentes estrategias de mercadeo. Pero esta noche tenia que ser diferente.

Eran las ocho de la noche. Llamó a su amigo MongoStar, compañero de aventuras incontables, y le propuso la gran noche.

El muchacho en cuestión hizo su aparición exactamente a las diez de la noche, con su auto repleto de bebidas “para levantar el animo”,según dijo. Tony estaba preparado, como correspondía a la ocasión, enfundado en una ajustada polera negra, jeans cortado en la cintura (la última moda), y con sus incondicionales botas de cuero de víbora. Estaba listo para matar.

Los dos amigos comenzaron a beber, como si en ello se les fuera la vida. De manera tal, que a las doce y media de la noche, ya estaban zigzagueando por las calles del pensamiento (y por las de asfalto, también).

Se subieron al auto, y partieron. Era la una y media de la mañana. Hicieron una parada en una estación de servicio, para recargar el cargamento. Mientras trataba de fijar la vista en la heladera abierta, Tony sintió que le tocaban el hombro. Se dio vuelta, y vio, un tanto fuera de foco, una mano manicurada que pertenecía a una jovencita recalcitrante, embutida en unos pantalones blancos de raso, y en una remera escotada que dejaba muy poco a la imaginación masculina.

Tony no necesitó levantar la vista para darse cuenta que la chica le gustaba, y que se había convertido automáticamente en la primera presa de la noche.

La chica le dijo algo que él no entendió, pero poco le importaba. Sentía que sus hormonas estaban a pleno. La tomó de la mano, y la llevó afuera, hacia el auto. Dentro de éste, se encontraba su compañero, desbordando de latas y botellas, con una pelirroja de aspecto extravagante, que resultó ser la amiga de la jovencita.

Tony miró la hora. Eran las dos y cuarto de la mañana, y analizó la situación. Ya no eran dos, sino cuatro personas en el auto. Esto marchaba cada vez mejor, se dijo. Su boca se estiró en una sonrisa llena de promesas de pasión y lujuria. Pero él quería más.
Comenzaron a andar sin rumbo fijo, tomando y riendo por cualquier cosa. Las chicas realmente no tenían nada profundo que decir, pero en ese estado ¿qué podía importar?

A las tres y media, se metieron en un boliche, que, al parecer, estaba “re bueno”, según dijeron las chicas. Ellas eran habitués indiscutidas del lugar, así que ellos no lo pensaron dos veces, y entraron.

El lugar estaba lleno de humo de diferentes olores, y repleto de personas. Lo que llamó la atención en los embotados cerebros de los chicos, fue que no había ningún hombre, a excepción de ellos dos.

Las chicas los arrastraron al medio de la pista, y comenzaron a bailar frenéticamente, algo más de una música extraña. Ellos trataban de seguirles el paso, como podían. Pero ellas se movían demasiado bien.

De pronto, se acercaron cuatro mujeres, una mejor que la otra, y comenzaron a bailar al lado de ellos. Lentamente, se fueron aproximando a ellos, hasta que notaron que no había distancia alguna entre ellos y ellas.

Al rato, cuando ya no daban más (y no de cansancio precisamente), aparecieron como de la nada más chicas, que comenzaron a acariciarlos muy despacio.

Tony apenas podía con su testosterona. Cuando una de ellas se frotó contra su cuerpo, colocó su temblorosa mano en el trasero de la chica. Esta, riendo suavemente, se lo sacó de encima. Tony se dio vuelta, buscando a MongoStar con la mirada, y vio como una rubia despampanante le estaba sacando la ropa. Y se dio cuenta que otra estaba haciendo lo mismo con él.

Cuando quedaron completamente desnudos, ellas los fueron empujando hacia una puertita medio oculta en una pared, debajo de unas escaleras.

Ellos, sintiendo un baile incontrolable en sus cabezas, se metieron rápidamente.

La puerta se cerró detrás de ellos. Cuando un viento frío les azotó la cara, abrieron mucho los ojos, tratando de enfocar la vista en lo que veían. Porque lo que estaban viendo era el espacio donde MongoStar había dejado el auto, que ahora estaba vacío.

Tony miró su reloj (al menos, todavía lo tenía). Este marcaba las seis de la mañana. El día comenzaba a despuntar, empujando a la noche, para hacerse cargo de la situación.

Comenzaron a caminar, despacio, con sus manos ocultando sus virilidades burladas. Una camioneta llena de chicos y chicas se detuvo en un semáforo. Los gritos y risotadas no tardaron en hacerse oír.

Pero ellos no los escuchaban. Estaban amaneciendo de una noche agitada, y nada les importaba. Habían tenido lo que querían, una noche distinta, ¿o no?.